martes, 17 de junio de 2014

Los objetivos en el Plan de Estudios de la Teología Sistemática.

Por Luis E. Llanes.
Ampliado por Alba Llanes.

Los objetivos.

¿Qué son los objetivos? Aunque este término tiene varias acepciones,  yo quiero definirlo centrándolo en el área didáctica. Desde este punto de vista, podemos formular:  
Los objetivos son los logros que quiero ver hecho realidades en mis alumnos. Son los que le darán la orientación correcta y la aplicación correcta a lo que enseñamos. Son los reguladores de toda actividad didáctica.
Los objetivos pueden clasificarse en tangibles o concretos e intangibles o subjetivos. El objetivo subjetivo es lo que se genera dentro de mí, lo que mi mente crea y define, o que mi voluntad se propone hacer, pero todavía está por verse. Son mis planes, mis proyectos soñados, lo que espero ver en el futuro en relación con lo que hago o digo en el presente. El objetivo concreto, es el propósito realizado, materializado, alcanzado. Es el logro concreto de las metas establecidas de antemano. Lo que esperaba ver ayer y lo veo hoy concretado.
Los objetivos tienen que nacer dentro de nosotros como producto de realidades externas, de necesidades externas, de exigencias externas, de crisis externas. Para esto, se necesita cierto grado de sensibilidad y visión para captar las exigencias del alumnado. Esas realidades definidas motivan la mente y el corazón, y crean los mecanismos para el logro de los objetivos. Por esto es necesario escribirlos, ordenarlos de acuerdo con la importancia, y tenerlos bien claros para que nos ayuden a elaborar los mecanismos para el alcance de ellos. Esto último cae dentro de las técnicas de la enseñanza  como veremos después.
Tradicionalmente, los objetivos se clasifican en generales y específicos.

Objetivos generales.

Hay objetivos fundamentales que rigen la enseñanza y que son particulares de cada materia. En el caso de la Teología, he descubierto cuatro objetivos básicos que son inherentes a su estudio. A la hora de realizar mi planeamiento, siempre los tengo en cuenta. Se resumen con las siguientes palabras: a) Rectificar, b) Liberar, c) Confirmar o pulir, d) Integrar.

a.      Rectificar errores con y por el conocimiento de la verdad.  

Por regla general, nuestros alumnos generalmente vienen al Instituto  con ideas preconcebidas aprendidas en su iglesia. En sus años de convertidos, a través o de mensajes y enseñanzas transmitidas por diferentes predicadores y maestros, han asimilado una serie de enseñanzas que han ido incorporando a su acerbo de conocimientos, muchos de los cuales no son correctos. He tenido esta experiencia en mis clases de Teología en el los centros de estudio donde he enseñado. Cuando he lanzado una pregunta sobre un tema puntual y de importancia, he descubierto que, de cada diez alumnos, dos tienen un concepto real con una respuesta correcta, cinco tienen una idea vaga e imprecisa, y tres nada saben sobre el asunto.
Es aquí cuando la enseñanza teológica cumple su papel de rectificación, en el grupo mayor que esta equivocado sinceramente. En estos casos el maestro sabio, sabe cómo mostrar la verdad sin menoscabo y afectación de los alumnos equivocados. El que no sabe aprende y, de “rebote”, el que sabe pule lo aprendido.

b.      Liberar dudas sobre verdades establecidas.

Hay casos en que los alumnos han escuchado sobre el perdón pero dudan de que Dios los perdone, dudan sobre la posibilidad de recibir el bautismo del Espíritu Santo, dudan de que sus oraciones puedan ser contestadas. Muchas dudas asaltan a los alumnos. Esto se debe a que solo han aprendido a escuchar el dogma del perdón, pero no lo que la Biblia dice sobre el perdón; han oído que Dios llena de poder, pero no se les ha enseñado lo que la Biblia dice sobre el bautismo del Espíritu Santo; han escuchado muchas oraciones hechas y ellos también han orado, pero no se les ha enseñado lo que la Biblia enseña sobre la oración. Así con las demás enseñanzas. A esto se añaden las dudas surgidas sobre temas que ellos ya han comprendido, a partir de nuevas interpretaciones y enseñanzas. Por eso insistimos en que la predicación es lo que prepara el camino para la enseñanza. Si predicamos solamente los dogmas de la Iglesia, pero no enseñamos a la Iglesia el “kerigma”, solo dejamos en ignorante a los creyentes,  y envolvemos en un manto de dudas a la congregación. Se hace necesaria, pues, la “didaché”, ella es la que libera de  dudas, la que asienta bases sólidas sobre las cuales las Iglesia se desarrolla y crece. Pablo tenía clara esta idea en su mente cuando decía: “…y como nada que fuera útil he rehuido de anunciaros (kerigma) y enseñaros (didaché), públicamente y por las calles…” (Hechos 19:20). La enseñanza se constituye en el complemento de la predicación. La predicación da por sentada una verdad y la expone, la enseñanza explica esa verdad y la aplica a la vida personal del individuo. Un cristiano dudoso es un cristiano inconstante, inhibido, sin iniciativa y sin proyección. “…no dudando nada, porque el que duda es semejante a la onda del  mar que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra” (Santiago 1:6) La duda es ausencia de fe y la fe viene por medio de la enseñanza de la Palabra de Dios.
Es aquí, cuando la enseñanza teológica cumple su papel libertador. La enseñanza sana y metódica arroja luz, hace entender y afianza la fe del creyente. Por esta causa, el maestro tiene que tener en cuenta el aspecto libertador de la teología para poder confeccionar su plan de estudio y este le ayude a dirigir su enseñanza para que cumpla su cometido. “Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna. A algunos que dudan, convencedlos…”.

c.       Confirmar y pulir enseñanzas pre-adquiridas.

Según el diccionario Larousse, confirmar es “hacer más cierto, más estable”. En este caso, es hacer mas cierta y estable el contenido. Esto lo podemos comparar al escultor, que antes de esculpir en la madera la obra de arte que quiere realizar, primero marca con un  lápiz y esboza sobre el relieve los contornos de la figura que tiene en mente sacar. Después, con el cincel comienza a labrar en la madera hasta resaltar la figura preconcebida.
La Biblia enseña sobre la necesidad de confirmar la enseñanza adquirida, para que ella se arraigue en nuestros corazones y no sea olvidada fácilmente. Pedro nos dice lo siguiente: “Por esto yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque vosotros la sepáis y estéis confirmados en la verdad presente” (2 Pedro 1:12). En Hebreos 2:3, el escritor nos dice: “¿Cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande? La cual habiendo sido anunciada primero por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales, prodigios, diversos milagros y repartimientos del Espíritu según su voluntad….” Este sistema de confirmación de la enseñanza, Dios la emplea como un método didáctico en el Antiguo Testamento, cuando le dice a su Pueblo: “Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón. Se la repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, al acostarte y cuando te levantes. Las atarás como una señal en tu mano y estarán como frontales en entre tus ojos, las escribirás en las paredes de tu casa y en tus puertas” (Deuteronomio 6:6-9).
Lo que se oye de primera mano es la marca inicial de la enseñanza en la mente, lo que se vuelve a aprender y recordar constantemente, es la labor cinceladora que baja al corazón y se traduce en hechos objetivos edificantes. Es esto, precisamente, lo que el maestro de la Palabra tiene que lograr en sus alumnos, por lo que a la hora de hacer su plan de estudio, tiene que dar margen a actividades que hagan la labor de cinceles que esculpan la verdad en la mente y el corazón.

d.      Integrar el conocimiento correcto de la doctrina a través de la actividad conjunta alumno-profesor. 

Integrar es hacer parte de un todo la enseñanza que se adquiere. Es meterla dentro del todo de tal forma que se funda sin que se confunda. Volviendo a la ilustración del Río de la Verdad, todos los afluentes bien definidos, vienen a ser parte íntegra de la Verdad, pero sin perder su propia identidad. De lo contrario, se convertiría en una amalgama de verdades sin definiciones propias.
            Cuando hablamos de “integrar” no solo me refiero a hacer de la enseñanza un todo integrado, sino que este todo integrado venga a ser parte integral en la mente y corazón del alumno. Proverbios refleja esta verdad cuando dice: “Guarda, hijo mío, el mandamiento de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre.  Átalos a tu corazón, enlázalo a tu cuello. Te guiarán cuando camines, te guardarán cuando duermas y hablarán contigo cuando despiertes. Porque el mandamiento es lámpara y la enseñanza es luz…(Prov. 6:20-23).
            El maestro tiene, por necesidad, que ser bien definido en la enseñanza y buscar mecanismos para que el alumno pueda desglosar sin confusión, en su mente y corazón, la verdad que ha aprendido. Si el maestro fracasa en este aspecto, fracasa en todos. De la integración de la enseñanza en el ser del alumno depende el resto.
            Esto quiere decir que, para hacer un buen plan de estudio, el maestro debe contemplar todos los elementos y mecanismos para hacer posible el logro de este y demás objetivos.

Objetivos específicos.

Para la realización de un buen plan de estudios, el maestro debe tener en cuenta también cuáles son los objetivos específicos de la enseñanza que lo guiarán a obtener los resultados deseados con sus alumnos. Los objetivos específicos son los que no permitirán que lancemos golpes al aire, los que nos permitirán discernir las cuestiones de importancia y darles un orden lógico para la enseñanza, no nos permitirán disgregaciones que no tengan que ver con el tema, y nos ayudarán al aprovechamiento máximo del tiempo para vencer en tiempo y forma todo el contenido del material de estudio.
Generalmente, los objetivos específicos se desglosan en tres grandes grupos:
a.       Objetivos cognoscitivos o conceptuales. Tienen que ver con el aspecto INFORMACIONAL del proceso educativo (enseñanza-aprendizaje). Apuntan a la serie de conceptos que el maestro debe enseñar y el alumno aprender, sobre los temas tratados. Están vinculados directamente con los CONTENIDOS CONCEPTUALES de la materia.
b.      Objetivos procedimentales. Tienen que ver con el aspecto APTITUDINAL del proceso educativo. Apuntan al conjunto de conocimientos que, en el caso de la enseñanza-aprendizaje de la Teología, desarrolla en el alumno la habilidad de investigar, analizar, interpretar, concluir y aplicar el pensamiento crítico, durante el proceso de aprendizaje. Tiene que ver con el desarrollo de lo que algunos especialistas llaman la COMPETENCIA HERMENÉUTICO-ANALÍTICA del alumno. También apunta a capacitar al alumno para transmitir el conocimiento adquirido. Esto está vinculado con los que también algunos especialistas llaman COMPETENCIA TÁCTICO-RETÓRICA. Esta clase de objetivos está vinculada a los CONTENIDOS PROCEDIMENTALES de la materia.
c.       Objetivos actitudinales. Tienen que ver con el aspecto ACTITUDINAL del proceso educativo. Apuntan al conjunto de reacciones y decisiones que el alumno debe tomar con respecto al tema aprendido, y a la manera en que los aplica de manera práctica en su vida y circunstancia. Están vinculados con los CONTENIDOS ACTITUDINALES de la materia.

CARÁCTER INFORMATIVO: los objetivos específicos conceptuales.

Lo informativo en la educación teológica.

Para establecer los objetivos específicos, debemos estipular las cuestiones de importancia dentro del cúmulo de material que tenemos que enseñar. ¿Qué criterios usar? Quizás usted diga: “Bueno, eso depende de la perspectiva personal que el maestro tenga sobre el asunto”. Si bien es cierto que el maestro debe tener su perspectiva personal, hay cuestiones que tienen que ver, más que con nuestras apreciaciones, con la importancia que la Palabra le confiere, el grado de afectación que pueda tener en nuestras relaciones con Dios, y la limitación que nos puedan producir algunas cuestiones mal enfocadas o no recalcadas.
También tienen que ver con la importancia que la organización a la cual pertenecemos, le da a ciertas enseñanzas que hacen que seamos lo que somos. Por ejemplo: si vamos a enseñar sobre la doctrina del Espíritu Santo, tenemos que estar al día sobre qué es lo que nuestra la organización a la cual pertenecemos o con la que trabajamos enseña al respecto,  y la  base bíblica sobre las cuales sustentamos nuestra enseñanza como organización cristiana. Sobre este punto, queremos hacer un paréntesis aclaratorio. Esto que acabamos de decir parece, a primera vista, contradecir la postura fundamental de todo maestro bíblico, de ser leal primeramente a la Palabra de Dios, antes de que a una organización cristiana; sin embargo, no lo es. Indiscutiblemente que si el maestro descubre que lo que enseña esa organización entra en conflicto con la Palabra, entonces la única opción que le queda es someterse a lo establecido en la Biblia, antes de que a cualquier dogma eclesiástico antibíblico. Lo que aquí sostenemos es que el maestro de Teología debe siempre conocer el marco de la postura doctrinal de la institución con la cual trabaja, con el fin de no crear situaciones conflictivas y desleales. Si la postura personal difiere de la institucional, tiene dos caminos: remitirse a enseñar los temas en los que no existe conflicto, o definitivamente no trabajar para tal institución. En el primero de los casos, por ejemplo, un profesor calvinista puede enseñar toda una serie de temas no conflictivos, en una institución arminiana. Como se trata de enfoques teológicos dentro de la ortodoxia cristiana, se puede llegar a un consenso de respeto mutuo, que no afecte la labor constructiva y edificadora de ese maestro dentro de la organización, ni los fundamentos doctrinales de dicha institución.
Volviendo al tema que venimos tratando, en el ejemplo de la enseñanza de la doctrina sobre el Espíritu Santo, entendemos que es necesario también priorizar el análisis aquellas enseñanzas que, si faltaran o fueran distorsionadas, desnaturalizarían la persona del Espíritu, y nos convertirían en transmisores de pensamientos heréticos que lleguen a erosionar o destruir los cimientos de la  fe sobre los cuales nos sustentamos. Se hace necesario, en relación con la doctrina que venimos mencionando, enfatizar en ciertos aspectos básicos y prioritarios: primero, la deidad del Espíritu Santo; segundo, su personalidad. Estos dos aspectos son las dos ruedas sobre las cuales se va a mover el resto de las enseñanzas doctrinales al respecto. Para resumir, lo que queremos decir es que dentro de los objetivos específicos en una clase sobre la doctrina del Espíritu Santo, debemos contemplar la comprensión, por parte del alumno, de la deidad y personalidad del Espíritu. Los otros aspectos se les pueden dar el orden lógico en el proceso de la enseñanza y aquí puede entrar el criterio del maestro. Las dos primeras no son negociables.
En mi caso, como maestro,  enfocaría los objetivos específicos conceptuales, del contenido de la materia de la siguiente forma:
1.      Llegar a conocer, entender y establecer la naturaleza del Espíritu Santo de acuerdo con lo revelado en la Biblia:
a)      Su deidad.
b)      Su personalidad.
2.      Llegar a conocer y entender cómo el Espíritu Santo actúa dentro y a través de la Iglesia para que pueda ejercer cabalmente su ministerio en el mundo.
3.      Llegar a entender las relaciones personales del Espíritu con el creyente.
4.      Conocer los mecanismos que utiliza el Espíritu Santo en su trato con el mundo pecador.

El primer punto, establece quién es; el segundo establece la forma en que se manifiesta a través de su agencia: la Iglesia; el tercero enfatiza las relaciones personales con el creyente; y el cuarto, su influencia salvífica  en el mundo.
Esto solo es una idea. Se le pueden agregar otros, pero estos cuatro son importantes y especialmente el primero.

CARÁCTER FORMATIVO: los objetivos específicos procedimentales y actitudinales.

Lo visto anteriormente tiene que ver con el contenido conceptual, con la información que ha de ser enseñada por el maestro y aprendida por el alumno. Este otro aspecto tiene que ver con las aptitudes y las actitudes que quiero lograr en mis alumnos.
El maestro tiene y debe tener una visión larga en relación con  sus alumnos y preguntarse: ¿Para qué los enseño?, ¿qué quiero sacar de ellos? Hay dos tipos de conceptos que pueden producir dos tipos de alumnos:
·         El concepto de que yo, como maestro, se lo tengo que enseñar  todo al alumno. Este concepto enfatiza el aspecto heterónimo del proceso educativo, o sea la actividad de enseñanza, y apunta a un aprendizaje pasivo por parte del alumno, que solo asimila el contenido informativo transmitido, sin tomar parte activa en su aprendizaje. Este concepto produce alumnos tipo lagunas. Estas reciben solo reciben agua.
·          El concepto de que yo, como maestro, no solo debo ENSEÑAR, sino debo permitir el desarrollo dinámico del aprendizaje del alumno, que se convierte en agente activo del proceso educativo. Sin perder de vista el aspecto heterónomo (de enseñanza) de la educación teológica, se enfoca en el aspecto autónomo (aprendizaje), al propiciar que el alumno aprenda a ir al mundo del saber teológico para extraer de allí todo lo que necesita, y también aprenda a compartirlo. Este enfoque produce alumnos tipo ríos, que no solo reciben las “aguas”, sino que las ofrecen a otros; alumnos capaces de dar y suministrar vida por donde pasan.
Esta visión amplia es la que tenía Pablo cuando aconsejaba a Timoteo: “…esto encarga a hombres fieles, que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Timoteo 2:1). Fidelidad tiene que ver con actitudes; idoneidad, con aptitudes. Yo quiero formar alumnos que lleguen a ser maestros en el futuro. Para este fin tengo que apuntar, primero a su formación actitudinal que tiene que ver con su carácter y vida espiritual, y segundo su formación aptitudinal, que tiene que ver con su capacidad  para enseñar a otros.

Lo actitudinal en la educación teológica.

Necesitamos tener maestros capaces de realizar su trabajo de una forma eficiente, pero necesitamos también alumnos motivados. Todo lo que estos aprendan, tiene por necesidad que afectarlos psíquica, afectiva y volitivamente. Toda su personalidad tiene que ser afectada por el proceso de enseñanza-aprendizaje, y producir las actitudes correctas en relación con lo que se le enseña, de lo contrario la educación teológica se convierte solamente en un proceso de “enlatar” información en un “envase” humano. Por lo tanto, dentro del plan de estudio, tiene que haber un apartado para considerar las actitudes que queremos que los alumnos adopten, como producto de la enseñaza.
Supongamos que estamos enseñando acerca del Bautismo del Espíritu Santo. En la clase hay un grupo que todavía no ha recibido el bautismo del Espíritu Santo. Después del proceso de enseñanza, ellos tienen que estar motivados para tener esa experiencia con él. La enseñanza debe moverlos a buscar los medios para lograr esa experiencia personal con el Espíritu de Dios. Si notamos cierto grado de indiferencia, es que ha habido fallas en el proceso de aprendizaje, y hay que analizar dónde se produjo el problema. Habrá que utilizar, quizás, otra metodología para lograr que ellos entiendan la necesidad de esa experiencia para que se muevan a buscarla.
Acostumbro, cuando dicto la doctrina del Espíritu Santo, preguntarles a los alumnos cuántos de ellos no han tenido la experiencia del bautismo en el Espíritu Santo. Para esto, no solo enseño qué es y para que nos sirve, sino que apartamos, aunque sea cinco minutos al final de la última clase para orar todos juntos, a fin de que esta experiencia sea una realidad en aquellos que la necesitan. De esta forma, se animan a buscar, no solo allí, en unos minutos restringidos, sino posteriormente, en sus devociones personales también a solas con el Espíritu de Dios.
El asunto es que, en nuestras relaciones con Dios, todo tiene que ser experimentado, de lo contrario enseñamos solo letra carente de Espíritu. Si somos pastores, la falta de la experiencia nos lleva a predicar y enseñar letra carente de Espíritu. Esta situación nos hace muy buenos profesionales pero no “ministros competentes del nuevo pacto” (2 Corintios 3:4-6).
Redondeando la idea, los alumnos tienen que asumir una actitud de responsabilidad ante el proceso de enseñanza-aprendizaje, y tienen que decidir qué hace hacer con lo aprendido: si aplicarlo a su vida personal o tenerlo como adorno mental. El planeamiento debe hacer provisión para desarrollar actitudes.
Ejemplo de objetivos específicos actitudinales:
Hacia Dios:
1.      Lograr en los alumnos una mayor dependencia de la obra del Espíritu en sus vidas y ministerios.
2.      Que cada alumno este dispuesto a aceptar el desafío de llegar a ser un instrumento poderoso en las manos del Espíritu de Dios.
3.      Que inspire a cada alumno a vivir vidas santificadas y poderosas por el actuar del Espíritu en ellos.
4.      Que cada alumno este dispuesto a lograr una vida de comunión diaria con
5.      El Espíritu Santo de Dios.
Hacia el entorno:
1.      Que lo enseñado les ayude a mejorar las relaciones alumno-profesor.
2.      Que lo enseñado les ayude a mejorar las relaciones alumno-alumno.
3.      Que lo aprendido  les ayude a asumir un espíritu de responsabilidad hacia la Iglesia.
4.      Que lo aprendido les ayude a asumir una deuda de gratitud y compromiso para enseñar a los que no saben.
Estas actitudes, en la vida de los alumnos, deben ser  producidas por la la actividad de la enseñanza, realizada por el maestro.

Lo aptitudinal en la educación teológica.

 La actitud y la aptitud son los dos remos que mueven el bote  de la enseñanza. Si usamos uno solo, el bote se mueve, pero da vueltas en un mismo lugar, no llega a la meta.
Como hemos señalado más arriba, el ámbito aptitudinal, en la educación teológica, tiene dos aspectos complementarios: por un lado, el desarrollo de capacidades y habilidades relacionadas con la investigación, análisis, interpretación y aplicación de la información bíblica y teológica; por otro lado, las capacidades espirituales y vocacionales para ejercer el ministerio de la enseñanza. En ocasiones preparamos a nuestros alumnos para que sean buenos cristianos, pero no buenos  ministros de la Palabra, expositores competentes en la predicación y la enseñanza. Pablo enseñó a Timoteo que: “el ministro debe ser apto para enseñar…”. Tomando el dicho de Jesús: “…una cosa sin dejar de hacer la otra…”
Lamentablemente, en muchos casos se preparan a los alumnos para que sean misioneros, evangelistas, pastores, etc. sin pensar en que esos ministerios llevan inmerso, en sí mismos, un propósito intrínseco e importante como es el de enseñar, y para enseñar hay que saber qué voy a enseñar y cómo lo voy a enseñar. “Por tanto, id  y hacer discípulos a todas las naciones…”.  En muchos casos salen de los centros de estudio con conocimientos, pero incapaces de trasmitir a otros esos conocimientos. Por esa razón, al confeccionar el plan de estudio, tenemos que tener en cuenta el incluir formas y técnicas de enseñanza-aprendizaje en las cuales ellos sean protagonistas activos, más que antagonistas pasivos. Hay que incluirlos en la práctica de la enseñanza. Hay que enseñarles a estudiar y hay que enseñarles a enseñar “para que sean idóneos para enseñar a otros”. Este aspecto tiene que ver con la metodología o técnicas  de la enseñanza, de lo cual vamos a estar tratando después. Ejemplo:

Ejemplo de objetivos específicos aptitudinales:

  1. Que el alumno desarrolle conocimientos sobre técnicas de investigación y búsqueda de información concerniente a la materia.
  2. Que el alumno aprenda a llegar a conclusiones producto de su investigación personal.
  3. Que el alumno aprenda a organizar y utilizar el material de estudio.
  4. Que el alumno sea capaz de comunicar las enseñanzas adquiridas de una forma sencilla y comprensible.

            Estas cuatro son básicas, entre otras que surjan en la mente del maestro y que sean de interés para el alumno.

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